Así como ahora la “soberanía” de los Estados se pulveriza irremediablemente, al mismo tiempo le llegó el fin al principio de la no intervención.
El texto de la Carta de las Naciones Unidas por cierto no ha sido cambiado. Se sigue suponiendo que cada Estado tiene el derecho a escoger libremente el sistema político que quiera para organizarse, que puede dictar o reformar las leyes que desee y que ningún Estado tiene facultad para intervenir en los asuntos internos de otro. Los teóricos rezagados aún siguen pregonando esos principios burgueses, que si alguna vez rigieron en realidad, ahora es imposible que puedan ser observados.
Tanto quienes promueven su expansión a costa de los demás como los que ven en la solidaridad la única salida para la pobreza de los países no industrializados están actuando en dirección contraria a los principios de soberanía y de no intervención. La globalización imperialista y la globalización popular han roto definitivamente los límites del Derecho Internacional de los dos siglos pasados.
El imperialismo fue el primero en despedazar la soberanía y la no intervención. No respetó las decisiones de los pueblos latinoamericanos y de otras partes del mundo. Organizó golpes de Estado para derrocar directa o indirectamente a los gobiernos que no se sometían a las exigencias de las empresas yanquis: desde Chile y Argentina en el extremo Sur hasta México en el Norte han sufrido la más grotesca intromisión norteamericana en sus asuntos políticos, económicos, culturales y sociales. Las invasiones armadas a Panamá, Granados, República Dominicana, Guatemala, Cuba, Nicaragua; los derrocamientos de Allende, Perón, Carlos Julio Arosemena; el boicot a la Cuba de Fidel Castro o al Perú de Alan García o a la Nicaragua sandinista, no son episodios aislados, las excepciones que confirman la regla, sino la prueba irrefutable de que para Estados Unidos la soberanía y el principio de no intervención no existen, ya los había sepultado en el siglo XX y después del 11 de septiembre puso en práctica otro criterio, muy peligroso para el mundo entero, al haberse arrogado el derecho a desatar “la guerra preventiva”, el derecho a invadir otros territorios en los cuales podría estarse preparando atentados contra las potencias occidentales.
En el momento histórico, por instinto de conservación, los países explotados por Estados Unidos y Europa, tienen que alinearse juntos en el ámbito internacional para conseguir defenderse con alguna eficacia. El que se aísle se suicida. Los de incipiente industrialización tienen que someterse al imperialismo para que sus élites vivan en la abundancia, o se rebelan para hacer las reformas necesarias para que los recursos naturales se utilicen a favor de toda la población.
Así lo ha comprendido Hugo Chávez. Así lo comprendió antes Fidel Castro. Desde hace décadas los venezolanos han intervenido en el Caribe, discretamente eso sí, con el ánimo de estructurar un área de influencia política y económica. Su política exterior se desarrollaba muy activamente en las relaciones con los países caribeños, gracias al poder que les brindaba la explotación petrolera.
Hugo Chávez está interviniendo directamente en las elecciones de Bolivia, Perú y Nicaragua. Intervendrá en otros procesos electorales. Más que con discursos lo está haciendo con inversiones. La formación de empresas transnacionales latinoamericanas y la suscripción de convenios comerciales multilaterales con Venezuela constituyen las acciones más sólidas y profundas en el proceso de integración de América del Sur, que cuentan con el apoyo incondicional de Cuba y Bolivia, y la colaboración de Argentina, Brasil, Chile.
La suerte está echada. Por encima de obsolescencias como la soberanía y el principio de no intervención, verdaderas veleidades burguesas, en América se ha arraigado una tendencia integracionista auténticamente latina, de carácter multi estatal, que para triunfar no tiene otra alternativa que la de librar una lucha diaria en todo el continente contra las burguesías pro yanquis.
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